Limpieza de armario

 



Ay, ay, el verano se nos ha echado encima a traición, sin haber tenido apenas tiempo de someter nuestro armario a ese exhaustivo e ineludible análisis al que lo sometemos antes de comenzar cada temporada. 

Al menos yo. 

Yo siempre dedico algún día que otro a probarme todo lo que tengo ahí metido y que ya apenas recuerdo, para ver si me sigue sirviendo o le toca ser descartado por fin dejando paso a prendas más adecuadas a mi personalidad actual

Porque queramos o no, llega un momento en nuestras vidas en el que tenemos que hacer sitio. Algo tiene que salir, eso es así. Por tanto, tenemos que aplicar algún criterio que nos ayude a seguir un procedimiento para acometer tan ardua tarea. 

Ya sabéis que yo soy una defensora de las segundas oportunidades en la ropa (si queréis indagar más en formas de aprovechar nuestro armario, echad un vistazo aquí). De hecho, en varias ocasiones me he reenamorado de ropa que llevaba años enterrada en las profundidades de mi armario. No sé, cambias un par de complementos, subes un bajo, recoges la mangas... y voilà, vestido nuevo y plenamente apetecible. 

Pero hay otras prendas que en mi fuero interno sé que jamás de los jamases querré ponerme, por el motivo que sea. A ésas tengo claro que hay que darles pasaporte de una vez por todas. 

Y como soy consciente de que es más fácil decirlo que aplicarlo, voy a ver si puedo ayudar un poco dando algunas pautas que nos ayuden a aclarar las ideas. 


1. Pregúntate si te lo comprarías otra vez. 




Esta cuestión me parece infalible. Casi podría terminar la lista de pautas aquí mismo. 

Yo tengo algunas cosas que me resisto a dar porque están sin estrenar, o casi. Pero claro, a veces no es fácil saber si las he usado poco por falta de ocasiones adecuadas, por pereza o lo que sea, o ha ocurrido así porque no me acabo de ver en mi elemento cuando las llevo puestas. Ante estas situaciones, hacerme esta pregunta me aclara gran parte del asunto de un plumazo. 

Es que hay ropa que no nos ponemos por timidez, o por pereza, o porque no tiene cabida en nuestra actividad diaria o habitual, pero en el fondo nos encanta. Disfrutamos simplemente contemplándola en secreto, imaginando el día en que se nos presente la ocasión perfecta para poder lucirla. Y claro, yo esa ropa me niego a donarla o desecharla. Aunque sólo sea por ese motivo, doy por buena la inversión. 

En cambio hay otra que nos compramos por algún cortocircuito mental, y que luego no tuvimos el valor de devolver. En esos casos, nos dedicamos a arrastrar el error de año en año, y eso no tiene ningún sentido. Para esa ropa, pasaporte. Circulen y hagan sitio, por favor. Estoy harta de verla ahí continuamente y recordar lo tonta que fui el día que me decidí a adquirirla. 


2. Analiza si puede mejorar con un arreglo mínimo. 



Estamos hablando de personas torpes o perezosas con la aguja. Si alguna es una virtuosa de la costura y le apetece tener material para experimentar, en ese caso recomiendo guardar toda esa ropa en algún lugar aparte y dedicarla a esos momentos en que queráis dar rienda suelta a vuestra creatividad. 

Pero si no es tu caso (como no es el mío), sé de buena tinta que vas a tenerla ahí reservada, con alfileres por todos lados, esperando a que se alineen los planetas y veas el momento de meterle mano al asunto. Y es muy raro que ese momento llegue. Y lo que es peor, es posible que acabes destrozando la prenda y ya no la puedas aprovechar ni tú ni nadie, lo cual sería una pena. 

Por tanto, si la puedes apañar con un tijeretazo (bendita ropa vaquera), moviendo un botón, enrollando unas mangas o subiendo un bajo (esto ya es para nivel avanzado), adelante, dale una oportunidad. Si no, dale salida de una vez y que la disfrute alguien, qué diablos. 


3. Observa si el color te favorece. 




Esto también es muy típico: una prenda con un corte ideal, nueva flamante, plenamente actual y favorecedora... excepto cuando nos la acercamos a la cara. Es una prenda que no nos animamos a desechar porque tiene una cantidad de virtudes aplastante. "¿Pero cómo voy a dar eso?", te dirás. Y claro, te cuesta entender por qué apenas te la pones. 

El motivo es, ni más ni menos, que con ella no te ves guapa en absoluto. No hay más. Será ideal, no te digo que no, pero no para ti. En ese caso, seguro que conoces a alguien a quien le pueda sentar de lujo. O si no, ya que está nueva y es tan estupenda, puedes probar a venderla. 

Me estoy acordando ahora mismo de un vestido de lunarcitos diminutos que me compré hace años y jamás me he puesto. Dudé entre un color fresa y el color negro, y al final, vaya usted a saber por qué, lo compré en negro, color que me queda como una patada. Parezco una viuda de los años cincuenta. Me veo antigua y apagada. Pero ahí sigue el tío, en mi armario. Creo que va siendo hora de buscarle un nuevo hogar...

A veces este error es fruto de una mala (o demasiado buena) iluminación del probador de la tienda donde la compramos. Allí nos vimos bastante mejor, pero en casa no hay forma de salvar el asunto. Nos hemos equivocado, qué le vamos a hacer. Es mejor asumir que ya no tiene arreglo, y cerrar de una vez ese episodio. 


4. No pierdas de vista la comodidad. 




Sí que es cierto que en ocasiones las cosas mejoran con una buena combinación de complementos hábilmente elegidos. Pero también es verdad que si nuestro estilo no es ir profusamente adornada con ellos, lo más probable es que nos dé pereza hacer ese esfuerzo y acabemos optando por ponernos otra cosa más ligera y menos complicada. 

En materia estilística, cuanto más simple, mejor

El otro día leí no sé dónde que Jennifer Aniston siempre intenta mantener un estilo basado en buena cara y prendas simples, como si, volviendo de un día de playa, se hubiera cambiado en el coche antes de pisar la alfombra roja. Y a mí me encanta ese estilo que tiene. A lo mejor tú eres más aficionada a los looks muy elaborados y este consejo no te sirve, pero si eres de las mías, mi recomendación es que te deshagas de todas esas prendas que precisan de un manual de instrucciones cada vez que quieres ponértelas. Al final te vas a sentir disfrazada, y eso va a arruinar por completo tu imagen y el estilo que transmitas con ella. 


5. La ropa de estar por casa no puede ocupar la mayor parte de tu armario. 




Qué típico eso de: "bueno, pues para estar por casa". Para estar cómoda no es necesario tener doscientos jerséis llenos de bolas, veinte pantalones cortos, mil camisetas desgastadas y doce vaqueros cedidos. No, eso es excesivo, a todas luces. 

Aquí sí puedes tirar ropa. Si no es digna de que tú la lleves, no pienses que para otra persona sí lo va a ser. Fuera con ella, hombre, que ya ha cumplido su función con creces. 

Reserva un par de cosillas para esos días de no salir (las más bonitas, que estar en casa no está reñido con tener buen aspecto) y olvídate de todo lo demás. Y que circule el aire en el armario. Mmmm, ¡qué gusto!


6. Sé consecuente con tu estilo. 




El estilo es algo cambiante a lo largo de los años. Normalmente se va depurando a medida que aumenta nuestro conocimiento de nosotras mismas. Por ello, es un poco contradictorio seguir conservando ropa que compramos cuando nos veíamos de otra manera, y con la que hoy día no nos sentimos totalmente "en nuestra salsa". 

Lo peor de todo es que, como nos resistimos a desprendernos de ella, nos crea confusión cada vez que tenemos que vestirnos, haciéndonos perder un tiempo precioso que emplearíamos más provechosamente en otra cosa (como, no sé, por ejemplo... ¿vivir?). 

Es que este tipo de ropa nos queda bien de talla y color, está en un estado más que aceptable y a veces incluso es de una calidad bastante buena. Y lógicamente, nos resistimos a la idea de no amortizarla como merece. Pero lo cierto es que cada vez que nos la ponemos, sentimos que perdemos un poquito de nuestra personalidad. Eso es terrible. Es mil veces mejor echar mano de una camiseta y un vaquero corriente pero que reafirma nuestro estilo, que ponernos algo teóricamente bonito que nos hace sentir inseguras. 

Fuera con ello, ¡fueeeeraaaaaaa!


7. Llena tu armario de cosas que te encanten. 


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Admitámoslo: todas tenemos demasiada ropa. ¿Para qué tanta? Si encima, como me pasa a mí, has visto que tus circunstancias han cambiado y que la oportunidad de lucir todas esas prendas se ha reducido drásticamente, te resultará altamente frustrante ver el armario repleto sin ser amortizado. Además, el día que se presenta la deseada ocasión, seguro que te bloqueas mentalmente por no ser capaz de elegir una sola cosa. 

Para más inri, como tienes un montón de cosas que apenas han visto la luz (porque siempre te ha apetecido más ponerte otra ropa), te asaltan los remordimientos y crees que es tu deber darles salida al menos una vez, así que te pones ese trapillo mediocre y acabas yendo adonde sea que tengas que ir con tu seguridad al cincuenta por ciento o así, cuando podrías haberte calzado tu conjunto favorito y haber saltado a la calle como un toro en el encierro de los Sanfermines. 

No, no y no. Hay que reducir el repertorio estilístico. Y hay que apostar de lleno por la ropa que nos encante, ésa que estamos deseando ponernos y con la que siempre nos vemos bien. El resto, si está bien, la regalas a alguien por quien sientas simpatía. Si no, a alguien por quien no la sientas en absoluto (estoy bromeando). 

Haz lo que quieras, pero olvídala. Y llena tu armario de tesoros que conviertan tus salidas a la calle en un acontecimiento ilusionante. Bueno, quizá exagero, pero tú ya me entiendes. Imagina qué maravilloso sería abrir el armario y ver sólo cosas bonitas que te quedan de lujo. Y que encima las perchas se pudieran mover. Eso ya sería la pera...

Y bueno, hasta aquí hemos llegado. Podríamos continuar sin límite en la búsqueda de razones que apoyen la idea de reducir nuestro arsenal apostando por la calidad en vez de la cantidad, pero con estas siete razones ya tenemos bastante para empezar. 

Ahora sólo falta ponernos manos a la obra, que es lo importante. ¡Ánimo, valiente! ;)



 

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